La Modernidad desde el
siglo XVII se montó sobre la creencia ciega en el “Progreso” entendido como “acumulación
de conocimientos, virtudes, fuerzas productivas o riquezas” en la cual el
hombre es considerado el centro fundamental del universo, con capacidades
ilimitadas para dominar las fuerzas de la naturaleza, explotarlas para la
acumulación de riquezas en la búsqueda de la satisfacción plena de las
necesidades humanas. La Razón, la ciencia y la técnica serían los medios para alcanzar
la perfección humana, la cual requeriría de un crecimiento económico permanente
y un desarrollo exponencial de las fuerzas productivas.
Esta visión
abiertamente ideológica que caracteriza fundamentalmente a la civilización
occidental se impuso a toda la humanidad mediante la conquista y colonización
del resto del mundo por parte de Europa y luego por la América del Norte. Tal
doctrina del progreso se transversalizó en la visión desarrollista del mundo
capitalista y la del llamado socialismo real.
Fue en los años 70 del
siglo XX cuando comienza a llamarse la atención en medios científicos y luego
en espacios oficiales internacionales el tema de los “límites del crecimiento”
a partir del informe del llamado Club de Roma de 1972, el cual puso su énfasis
en el crecimiento exponencial de la población en contraposición al crecimiento
aritmético de los recursos para la satisfacción de las necesidades humanas,
identificando las limitaciones del planeta en cuanto a tierras fértiles y
capacidad de asimilar la polución. No obstante que incluso tal informe se
convierte en el papel de trabajo fundamental de la llamada Declaración de
Estocolmo, los sectores poderosos de la economía mundial hicieron caso omiso a
las advertencias.
Veinte años después un
gigante y sabio latinoamericano lanza aquella sentencia implacable: “Una
importante especie biológica está en riesgo de desaparecer por la rápida y
progresiva liquidación de sus condiciones naturales de vida: el hombre”. Eran
momentos históricos en los cuales se derrumbaba la Unión Soviética, se
consideraba finalizada la guerra fría extendiéndose la llamada Globalización
como hegemonía del Neoliberalismo en lo denominó Fucuyama como Fin de la
Historia. Decía Fidel en su discurso que ya no había excusas para las carreras
armamentistas por lo que los países ricos deberían canalizar aquellos recursos
al desarrollo sostenible de los llamados países del tercer mundo.
Lejos de aprender las lecciones del
evidente deterioro ambiental denunciado, el imperio transnacional mundial
encabezado por la elite industrial militar norteamericana, las grandes
transnacionales, la OMC, entre otras fuerzas, se inventan una nuevo enemigo
para justificar una nueva guerra a escala global, la guerra contra el
terrorismo. Así, la posibilidad de seguir las recomendaciones de Fidel de
canalizar tales recursos para la redistribución en el mundo se traba en la
lucha con un enemigo invisible que justifica la inversión de ingentes recursos
en guerra y destrucción, incluso mediante el uso de uranio empobrecido y
fósforo blanco en proyectiles.
Pero la historia estaba lejos de
llegar a su fin, dado que aunque el llamado socialismo real derivaba en nuevas
formas de capitalismo neoliberal, en América del Sur se producen
acontecimientos poco entendibles desde la lógica lineal de la historia
eurocentrista: la revolución bolivariana encabezada por Hugo Chavez Frias abre
las puertas a lo que denominó Correa un cambio epocal, en cuyos ideales se
sintetizan las aspiraciones de los hasta ahora preteridos: pobres, indígenas,
mujeres, ancianos, niños, afrodescendientes, marginados.
En el año 2002, Chavez levanta con su
voz la voz de los pueblos en Copenhague acusando al Capitalismo con su modelo
de consumo distorsionado de la destrucción de la Pachamama, por lo que llamó a
los pueblos a asumir la obligación de dar la batalla por la salvación de la
especie humana “levantando las banderas de Cristo, de
Mahoma, de la igualdad, del amor, de la justicia, del humanismo, del verdadero
y más profundo humanismo”.
En su legado incorporó como objetivo
histórico del programa de acción fundamental del pueblo venezolano, el plan de
la patria, el mencionado imperativo. Es por ello que estamos aquí, convocando a
las expresiones de poder popular ambientalistas y ecologistas de diferentes regiones
del planeta a la discusión, acción y movilización de nuestras fuerzas para
incidir de manera significativa en las decisiones que en el marco de las
negociaciones internacionales están por tomarse, tanto en la COP 20 de Perú
como en Paris en 2015. Son demasiado importantes los asuntos del Cambio
Climático y sus efectos sociales y sobre la vida misma, como para que los
dejemos solo en mano de las élites políticas y diplomáticas. Construyamos
entonces juntos este espacio de democracia participativa y protagónica para así
hacer viable la posibilidad de superar el
depredador sistema de desarrollo capitalista a través de la concertación
política y, con ello, salvar el planeta.
Una nueva racionalidad está naciendo desde los pueblos
del sur, que superará la de la fe en el crecimiento económico ilimitado
depredador de la naturaleza y del hombre mismo. Una lógica fundamentada en la
armonía con la madre tierra y entre los seres vivos, Una lógica del buen vivir.