Uno de los signos de los actuales tiempos de
revolución es la ceguera manifiesta de un grueso grupo de intelectuales quizás
encandilados con las versiones del fin de la historia. Esa incapacidad de ver
lo que para el común de la gente pareciera obvio es probablemente una expresión
de lo que algunos teóricos han dado en llamar efecto paradigma y que en la sabiduría popular se conoce como
aquello de que “no hay peor ciego que el que no quiere ver”.
Esto se aplica para la discusión acerca del
socialismo del siglo XXI. No es que se quiera simplificar todo asumiéndolo como
obvio sino que es necesario desvelar la tendencia a dar por verdad, e incluso
por dogma, las premisas liberales y neoliberales. Es así como se tiende a dar
por cierta la noción de naturaleza humana propuesta por Hobbes y hecha como
suya por gran porte de la politología, en el sentido de que el hombre es malo y
egoísta por naturaleza, de lo que necesariamente se desprende la eterna lucha
de todos contra todos. A Hobbes puede contraponerse Rousseau cuya premisa es
que el hombre es bueno por naturaleza pero está sometido a influencias
negativas externas, pasando por Weber con su naturaleza dual (racional/ no racional)
o de manera más actual a Morín con su visión de complejidad de la naturaleza
humana, que incluye la noción de “Demens” aludiendo el carácter
espiritual de nuestra esencia. Con esto quiero llegar a que es muy simplista
querer negar las tendencias cooperativas y solidarias del ser humano, más aún
cuando incluso hoy se ha puesto en duda hasta la pretendida universalidad de
los valores humanos defendida por el pensamiento moderno.
En este sentido, puedo afirmar que el
Socialismo del Siglo XXI es a la vez continuidad y ruptura con el pensamiento
liberal y positivista del siglo XIX. Es un proceso contradictorio que decanta
gran parte del pensamiento crítico, en especial latinoamericano, del siglo XX y
que rescata la valoración de lo humano ante el realismo político que hegemonizó
las últimas décadas del pasado siglo, que con pretensiones de pensamiento único
se mezcló con el desencanto, que al decir del Poeta Serrat no pudieron seguirle
el paso a la Utopía
y entonces la traicionaron.
El Socialismo del Siglo XXI es un proceso en
amalgama que tiene más de lo utópico del compartido por Simón Rodríguez que del
Científico propuesto por Marx y Engels. Es un socialismo que se plantea la
profundización de los ideales de la Revolución Francesa
pero incorporándole lo mejor de la perspectiva mestiza (preguntemos por el sub
comandante marcos). Tiene algo de anti política como lo tiene su líder más
visible, que paradójicamente reclama la primacía de la Política (así con P
mayúscula) frente a las ínfulas hegemónicas de la economía que propugna el
capitalismo (¿y por que no también el Marxismo clásico?).
Es una alternativa al capitalismo no una
versión mejorada como la propuesta por Blair. Tiene mucho de imaginación y de
voluntarismo al plantearse por ejemplo esquemas como el de las Empresas de
Propiedad Social, que como mínimo tienen la condición positiva de atreverse a
romper los esquemas en la búsqueda de tecnologías organizativas adecuadas a los
principios plasmados en la
Constitución. Pero
no se trata de delirios sino de atreverse a inventar o errar siendo
consecuentes con las ideas Robinsonianas, y no dejarse rendir ante los cantos
de sirena de la ineluctabilidad de la globalización neoliberal. Se plantea
enfrentar los desafíos tecnológicos pero poniéndolos al servicio del ser
humano, no sacrificándonos con la promesa de un desarrollo energointensivo a lo
europeo o norteamericano, que luego desparramaría su riqueza al resto de la
sociedad, sino partiendo de otra premisa: lo social está por delante.
El Socialismo del Siglo XXI se come como
democratización de la vida humana en su integralidad, extendiendo la noción de
democracia, y por tanto de libertades, a todos los ámbitos de la vida,
incluyendo el ámbito de lo económico pero no quedándose en él: es el acceso a
educación, salud, utopías, sueños, participación protagónica, es decir, es
empoderamiento en el sentido más taxativo.
En ello va su viabilidad política y su garantía de triunfo ante quienes
pretenden descalificarlo como alternativa real.