lunes, 29 de abril de 2013

Libertad e Igualdad en el Socialismo del Siglo XXI


La reflexión acerca de la relación entre estos valores parte del modelo teórico liberal de Locke, en el cual se esbozaría una estrecha relación entre liberalismo y democracia, en la cual la legitimidad del sistema político descansaría en el pacto surgido entre todos los hombres que intervienen en su realización, y las relaciones humanas pasarían a ser relaciones instituidas o voluntarias, es decir relaciones morales dependientes de la voluntad de los hombres.
Para Locke la Libertad es un derecho natural de los seres humanos expresado en la apropiación de cada hombre de su propia persona como preámbulo moral y constitutivo de la ciudadanía, y como ley natural de su ejercicio responsable. En la posterior versión de Rousseau la Libertad aparece como el derecho a no obedecer más que a las leyes. Así mismo, algunos autores contraponen la noción de libertad derivada del liberalismo a la emanada de la democracia: mientras que en el primero de los casos es el ámbito privado que se protege frente al poder, el límite sobre el que no puede avanzar el Estado y el gozo pacífico de la independencia privada, en el segundo es una posibilidad que se realiza en el poder, está constituida por la participación activa y constante en el poder colectivo y es la distribución del poder político entre todos los ciudadanos de una misma patria. Probablemente la versión hegemónica moderna coincida más con la visión liberal que con la propiamente democrática, pero el proceso bolivariano se afinca en la segunda.
Tales diferencias están interconectadas con las referidas al problema de la Igualdad: en el modelo propuesto por Locke la noción de igualdad es compatible al establecimiento de diferenciaciones sociales derivadas de su principio nuclear, es decir, la propiedad, así como del mérito intelectual, las cuales generarían el desarrollo de la industria y del entendimiento práctico, es decir, se presenta como deseable un sistema elitista  cerrado. Con anterioridad a Rousseau la igualdad no era vista como un fin en sí mismo sino como un instrumento al servicio de la libertad individual, es decir una igualdad moral para el ejercicio de los derechos, dado que no era concebible la igualdad entre el virtuoso y el delincuente, el inteligente y el imbécil o el valiente y el cobarde; así la única igualdad posible sería la igualdad ante la ley, es decir que no se confieran privilegios a ningún ciudadano a partir del nacimiento.
Por su parte Rousseau acentúa un igualitarismo radical basado en que la naturaleza no ha generado desigualdades significativas que generen reclamos de unos que no puedan hacer otros. De hecho se plantea el discurso de la “voluntad general” y el rechazo a la propiedad como derecho contra natura y generador de la injusticia, con lo cual rebate la tesis elitista de la democracia y la extiende a todos los aspectos de la sociedad mediante la democracia directa planteada en el Contrato Social.
Ahora bien, dado que en la sociedad moderna actual el capitalismo ha consagrado la desigualdad como ley natural mediante la consolidación ideológica del modelo de Locke, la libertad y la igualdad se traducen en aspectos meramente formales ante la ley, por lo cual el supuesto de participación voluntaria en el pacto social se traduce en una falacia, sobre todo para  aquellos hombres víctimas de la exclusión, la injusticia o la explotación por otros hombres.
Las concepciones actuales de la política desde una visión moral comunitarista reivindican al sujeto moral como responsable de si mismo y de las situaciones que le rodean con un fuerte sentido de autonomía al relacionarse con el mundo de la vida, la sociedad civil y la historia, en el marco de una vida humana dialógica y de una ética de la autenticidad (Taylor). Esto último incluye a un sujeto capaz de disentir a partir de los llamados sentimientos morales (Strawson): Resentimiento, indignación y culpa.
Entonces, como sujetos morales auténticos, en el marco de relaciones intersubjetivas, los hombres tienden a  resentirse como expresión de sus sentimientos morales ante la violación reiterada e inherente en los comportamientos de los otros con respecto a los derechos morales de algunos o de las mayorías. Es decir,  la injusticia imperante a partir de la consolidación estructural de las desigualdades extremas convierte en falaz la idea de la libertad e igualdad como marcos fundamentales de la sociedad. En este contexto la revolución bolivariana reivindica la moral comunitarista que los eleva como valores fundamentales para acabar con la injusticia social enraizada en el capitalismo .

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