La
reflexión acerca de la relación entre estos valores parte del modelo teórico
liberal de Locke, en el cual se esbozaría una estrecha relación entre
liberalismo y democracia, en la cual la legitimidad del sistema político
descansaría en el pacto surgido entre todos los hombres que intervienen en su
realización, y las relaciones humanas pasarían a ser relaciones instituidas o
voluntarias, es decir relaciones morales dependientes de la voluntad de los
hombres.
Para
Locke la Libertad es un derecho
natural de los seres humanos expresado en la apropiación de cada hombre de su
propia persona como preámbulo moral y constitutivo de la ciudadanía, y como ley
natural de su ejercicio responsable. En la posterior versión de Rousseau la Libertad aparece como el derecho a no obedecer
más que a las leyes. Así mismo, algunos autores contraponen la noción de
libertad derivada del liberalismo a la emanada de la democracia: mientras que
en el primero de los casos es el ámbito privado que se protege frente al
poder, el límite sobre el que no puede avanzar el Estado y el gozo pacífico de
la independencia privada, en el segundo es una posibilidad que se realiza en el
poder, está constituida por la participación activa y constante en el poder
colectivo y es la distribución del poder político entre todos los ciudadanos de
una misma patria. Probablemente la versión hegemónica moderna coincida más con
la visión liberal que con la propiamente democrática, pero el proceso
bolivariano se afinca en la segunda.
Tales
diferencias están interconectadas con las referidas al problema de la Igualdad: en el modelo propuesto por
Locke la noción de igualdad es compatible al establecimiento de diferenciaciones
sociales derivadas de su principio nuclear, es decir, la propiedad, así como
del mérito intelectual, las cuales generarían el desarrollo de la industria y
del entendimiento práctico, es decir, se presenta como deseable un sistema
elitista cerrado. Con anterioridad a
Rousseau la igualdad no era vista como un fin en sí mismo sino como un
instrumento al servicio de la libertad individual, es decir una igualdad moral
para el ejercicio de los derechos, dado que no era concebible la igualdad entre
el virtuoso y el delincuente, el inteligente y el imbécil o el valiente y el
cobarde; así la única igualdad posible sería la igualdad ante la ley, es decir
que no se confieran privilegios a ningún ciudadano a partir del nacimiento.
Por
su parte Rousseau acentúa un igualitarismo radical basado en que la naturaleza
no ha generado desigualdades significativas que generen reclamos de unos que no
puedan hacer otros. De hecho se plantea el discurso de la “voluntad general” y
el rechazo a la propiedad como derecho contra natura y generador de la
injusticia, con lo cual rebate la tesis elitista de la democracia y la extiende
a todos los aspectos de la sociedad mediante la democracia directa planteada en
el Contrato Social.
Ahora
bien, dado que en la sociedad moderna actual el capitalismo ha consagrado la
desigualdad como ley natural mediante la consolidación ideológica del modelo de
Locke, la libertad y la igualdad se traducen en aspectos meramente formales
ante la ley, por lo cual el supuesto de participación voluntaria en el pacto
social se traduce en una falacia, sobre todo para aquellos hombres víctimas de la exclusión, la
injusticia o la explotación por otros hombres.
Las
concepciones actuales de la política desde una visión moral comunitarista
reivindican al sujeto moral como responsable de si mismo y de las situaciones
que le rodean con un fuerte sentido de autonomía al relacionarse con el mundo
de la vida, la sociedad civil y la historia, en el marco de una vida humana
dialógica y de una ética de la autenticidad (Taylor). Esto último incluye a un
sujeto capaz de disentir a partir de los llamados sentimientos morales
(Strawson): Resentimiento, indignación y culpa.
Entonces, como sujetos morales auténticos,
en el marco de relaciones intersubjetivas, los hombres tienden a resentirse como expresión de sus sentimientos
morales ante la violación reiterada e inherente en los comportamientos de los
otros con respecto a los derechos morales de algunos o de las mayorías. Es
decir, la injusticia imperante a partir
de la consolidación estructural de las desigualdades extremas convierte en
falaz la idea de la libertad e igualdad como marcos fundamentales de la
sociedad. En este contexto la revolución bolivariana reivindica la moral
comunitarista que los eleva como valores fundamentales para acabar con la
injusticia social enraizada en el capitalismo .
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