¿Es probable una intervención norteamericana
en nuestro país? Parece ser una pregunta legítima de quien se preocupa por
nuestra realidad actual. La respuesta solo es posible con un margen de
veracidad partiendo de los hechos históricos contemporáneos: Invasión a
Vietnam, intento de invasión en Bahía de Cochinos (Cuba), Intervención armada
en Panamá, Invasión a Haití, invasión a Afganistán, invasión a Irak. Por si
fuera poco podemos recordar la intervención indirecta en el golpe de estado a
Allende, el financiamiento del movimiento de los Contra en Nicaragua aún valiéndose de subterfugios como el que
dio nombre al affaire Iran/contras.
La
intervención norteamericana en los asuntos internos de nuestro país al igual
que en los de cualquier otro es un hecho indiscutible: son el policía del mundo
según la doctrina del destino manifiesto. Si esto es así, tiene derecho un
estado soberano defenderse condición en el concierto de las naciones civilizadas?
O necesariamente debe someterse a las exigencias del omnímodo poder imperial.
Para nadie es un secreto que está en marcha
uno o mas planes desestabilizadores del proceso democrático venezolano con la
complicidad inocente o no tanto de quienes se desviven por los favores del
poder establecido. Eventos como la incursión paramilitar en Caracas, el público
entrenamiento de mercenarios en tierras mayameras, la orden de matar al presidente venezolano
desde televisoras norteamericanas, el asesinato de decenas de dirigentes
campesinos y del fiscal Anderson no son elucubraciones fantásticas.
“solo le pido a Dios que la guerra no me sea
indiferente, es un monstruo grande y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la
gente” nos dice el poeta español y no podemos menos que compartir todo el
sentimiento de repudio que cualquier clase de violencia y en especial el hecho
de la guerra nos genera, pero no es menos cierto que tenemos derecho al respeto
a nuestra autodeterminación, a prepararnos para la defensa de la integridad de
nuestra nación.
Muy pocos ejércitos pueden exhibir el honor
de solo haber salido del territorio para liberar y no para agredir como hoy lo
hace el ejercito norteamericano. Sin embargo, de manera inmoral pretenden
imponer su dominio total sobre el mercado internacional de armamentos,
prohibiéndola venta de estos artefactos a nuestro país mientras que en su
mercado interno se venden libremente.
Partiendo de su dominio hegemónico el
Departamento de Estado norteamericano dictó la línea a sus seguidores de
formular una fuerte corriente de opinión en el sentido de hacer percibir al
gobierno venezolano de intervensionista, armamentista, e incluso de
imperialista. Este concierto es notorio en los opinadores de oficio que repiten
las especies emitidas por los
laboratorios de desinformación de los órganos de inteligencia norteamericanos.
Si dudamos de ello solo basta mirar la armonía entre los titulares delos
principales instrumentos de propaganda de la llamada oposición y los mensajes
emitidos desde el norte.
Venezuela tiene derecho a defender su
proceso revolucionario de una amenaza real preparándose con los recursos
armamentísticos adecuados para ello como cualquier país de nuestro planeta.
Tiene derecho a incorporar a la población activamente a la defensa de nuestra
concepción de la democracia, participativa y protagónica mientras el estado
ejerce el derecho a monopolizar la legitimidad de la violencia
institucionalizada en el marco del respeto de los derechos humanos que tan
caros nos son.
Definitivamente, la alianza estratégica
entre los militares y los civiles en nuestro proceso bolivariano se desmarca de
fórmulas dadas por ciertas por la politología y ofrece elementos importantes de
gobernabilidad que permiten mantener la apertura total de los derechos
individuales, incluso el de la disidencia dentro del marco del elemental
respeto a las reglas del juego
democrático.
Las armas que adquiere el estado venezolano
no son para la guerra sino para el mantenimiento de un realista marco de
defensa de la soberanía nacional ante amenazas nada despreciables.
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